EL JARRÓN AZUL

Clásicos Gerenciales

Salvador Fernández Beltrán

Thomas Towsend, Presidente y Jefe Ejecutivo de la corporación, se encontraba aquella tarde hojeando cuidadosamente una serie de expedientes. Lo hacía  con prolijidad y atención como si de ello dependiera el porvenir de la Empresa. Así era en efecto. El señor Towsend, accionista principal de aquel emporio, quería retirarse poco a poco, pero antes quería adiestrar a quien lo habría de reemplazar. La tarea era muy difícil pues no teniendo herederos, debería dejar a su sucesor, después de lo que destinase a perpetuar su Fundación y varias obras sociales, una buena parte de aquella respetable fortuna.

Ya había hecho ensayos con varios de los ejecutivos actuales de la empresa, pero sin resultados dramáticos. Todos eran honestos, abnegados y discretos, pero les faltaba algo. O bien había llegado junto con el “Jefe” a una proyecta edad, o bien la especialización en que habían caído, les impedía tener la visión de conjunto, o carecía de ese don de emprender, de crear con el que nacen algunos predestinados.

 Varias veces había estudiado el expediente de un tal Peter Elliot, de Oakland. Su curriculum vitae impecable, y su carrera en la industria había ido en constante ascenso. Debería tener ahora 35 años intensamente vividos. Su altura era mediana, vestía elegantemente y sus modales eran rápidos, pero educados. En su tez blanca, resaltaban unos soberbios bigotes pelirrojos.

Después de haber terminado su Maestría en Administración de Negocios en la Universidad de Stanford, Elliot había hecho dos años de post-grado en la renombrada London School of Economics, que finalmente le había otorgado su bien merecido doctorado.

Desde entonces había entrado a los negocios, primero en la pequeña industria familiar y luego, en continua promoción a empresas de mayor aliento, hasta ocupar en ese momento la no despreciable posición de Gerente General de la Detroit Gear Works para toda la costa oeste de los Estados Unidos. Peter Elliot, casado y con dos pequeños hijos, parecía que ya había enrumbado su vida dentro de esa compañía y que allí continuaría el resto de sus días. Eso pensaban sus amigos y hasta su esposa. En su yo interno, sin embargo, estaba bien sembrada la vocación empresarial. Cumplidas sus metas en la Detroit Gear Works se sentía predestinado a más altas conquistas, y además se sentía seguro y capacitado para ello.

Por eso no pudo negarse a aquella entrevista cuando la famosa compañía que se ocupaba de descubrir los talentos ejecutivos le invitó a considerar aquella extraña oferta de empleo, en la que se demandaban tan excepcionales calificaciones… con sueldo abierto. No era el sueldo alto lo que le provocaba. Era más bien el tremendo reto que significaba, aparte del aire del misterio y suspenso de que estaba rodeada la oferta. Y por fin cedió a la tentación y aceptó la entrevista con el conocido pero al mismo tiempo enigmático Sr. Towsend.

Por eso Thomas Towsend, en el marco discreto de sus oficinas ejecutivas, rodeado de sus diplomas, trofeos y antigüedades, repasaba el expediente de Peter Elliot. Entre los labios del “Jefe” jugueteaba una sonrisa entre irónica y descreída. Y es que tenía razón para ello: tres excelentes candidatos que habían precedido a Elliot, con iguales calificaciones, después de haber pasado todas sus entrevistas y haber salido airosos de todas sus pruebas intelectuales, había fracasado estrepitosamente con el Jarrón Azul.

En el reloj de péndulo que adornaba la oficina se podían ver las manecillas marcando las cuatro y media cuando Towsend le dijo a Elliot que él partiría para New York en el vuelo 031 de United Airlines que saldría del Aeropuerto Internacional a las 7:00 p.m.. La conversación prosiguió así:

–    “He tomado dos boletos para New York pues durante el vuelo y luego en New York podremos discutir las particularidades de nuestra asociación. Sé que esto es algo intempestivo, pero intempestivos son casi todos los acontecimientos en la vida de un ejecutivo…”

–    “Lo comprendo y estoy habituado a estas contingencias… Usted dirá… avisaré a mi esposa”.

–    “Puede usted hacerlo desde aquí mismo en cuanto termine de explicarle el pequeño capricho que tengo y con el cual termina lo que yo he dado en llamar la serie de pruebas de resistencia para obtener el empresario de fibra que necesito…”.

–    “Lo escucho”.

–    “En la calle Stockton, en el barrio chino, hay una tienda de antigüedades de un tal Chang en cuya vitrina se exhibe un jarrón azul con unas flores de loto en blanco. Yo quisiera que usted me hiciera el favor de llevármelo. Tengo que hacer un regalo en New York”.

Elliot lo miró de hito en hito. No sabía si reír de rabia por haber caído en una trampa o reír de júbilo por haber llegado al final. Pero cuando dos hombres de recia personalidad se miden, pocas son las palabras que se pronuncian.

–    “Está bien, nos veremos más tarde”.

–    “Como usted lo disponga. No deseo presionarlo a que acepte. Si no nos encontramos comprenderé que usted no desea aceptar mi ofrecimiento de trabajar conmigo en esta Empresa. Y si llega, no será mucho lo que tendremos que hablar para entendernos y fijar las normas de nuestra asociación”.

–    “Está bien, en eso quedamos”.

Otro estrechón de manos dio fin a la tensa entrevista.

Peter Elliot decidió instantáneamente, arrastrado por una mezcla de curiosidad y deseo de terminar aquella pantomima que había ido ya demasiado lejos… Así, después de llamar a su esposa Irene para hacerle un resumen del lío en que andaba metido y prometiéndole llamarle de nuevo desde New York o desde los mismo infiernos, tomó un taxi para dirigirse al barrio chino. Eran cerca de las cinco y un intenso tránsito parecía inmovilizar el vehículo. Como buen viernes, todos querían apresurar su salida de fin de semana.

Aquí fue donde Peter se dio cuenta que contaba con tres grandes desventajas: poca información, poco tiempo… y poco dinero. Era demasiado tarde para arrepentirse y quedar como perfecto cretino.

Dio instrucciones al chofer de recorrer la calle Stockton de un extremo a otro para que mirando a ambos lados pudieran descubrir la maldita tienda del chino Chang. Para desesperación de Peter, apenas dieron las cinco de la tarde, empezaron a cerrar muchas de las tiendas agrupadas a lo largo de aquella estrecha y concurrida calle, donde se vendían desde bálsamos afrodisíacos hasta radios de transistores. Ya habían dado las cinco y quince de la tarde y una espesa neblina lo cubría todo, cuando Peter Elliot pudo leer el apellido Chang a secas, sin nombre alguno que lo acompañara, en una pequeña tienda de antigüedades. Pagó al conductor y sin esperar el vuelto descendió del taxi y grande fue su decepción cuando se dio perfecta cuenta que la tienda estaba cerrada… Tocó violentamente en la puerta y hasta en las vitrinas, caminó hacia los comercios colindantes, y preguntó  en vano. El señor Chang ya se había marchado y no regresaría sino hasta el Lunes.

Peter Elliot temblaba de impotencia y fue necesario que recurriera a toda su formación analítica y lógica para que se repusiera y pudiera actuar con el cerebro y no con las emociones alteradas de origen visceral. Todo su conocimiento, toda su disciplina, toda su creatividad, todo su orgullo, se estrellaban frente a su hecho insólito.

Ya más calmado miró a la vitrina del tugurio del oriental y allí vio, esplendoroso de belleza, un hermoso jarrón azul con delicadas flores blancas de loto. Mientras tanto el tiempo transcurría inexorablemente y las posibilidades de alcanzar el avión de United Airlines se reducían… y con ello la pérdida de su dignidad como hombre y como ejecutivo no acostumbrado a los fracasos.

Hubo un instante en que quiso romper la vidriera para llevarse el jarrón por las buenas o las malas. Pero su actitud allí, durante el último cuarto de hora de frustraciones, ya había llamado la atención del policía que hacía la guardia nocturna en aquella zona, y que ahora se paseaba por allí con cautelosa e inquisidora mirada.

Su formación gerencial se impuso y Elliot encaminó sus pasos a una cabina telefónica. Allí abrió la guía de la ciudad de San Francisco en la letra “C” y para su asombro y mayor desconcierto encontró treinta y siete hijos del Celeste Imperio, todos de apellido Chang. En un abasto cercano, que aún permanecía abierto, logró después de mucho rogar que le cambiaran un billete de cinco dólares en monedas de diez céntimos para poder hacer llamadas. Y se dedicó a la desesperante y tediosa tarea de ir llamando a todos los chinos que tenían por denominador común el apellido Chang.

Los tres primeros no tenían ninguna tienda de antigüedades, dos estaban fuera del país y los que contestaban no podían decir si tenían o no un comercio; varios no respondieron del todo, aparentemente por no encontrarse en casa. Fue el noveno, quien contestando desde el otro lado de la bahía, le dijo que sí, que era el feliz propietario de aquella tienda de antigüedades, pero que no estaba dispuesto a abrirla sino hasta el lunes a las nueve de la mañana.

Elliot puso juntos cuantos conocimientos de psicología y persuasión había aprendido en Stanford para convencer al oriental. Sólo la mención del jarrón azul que representaba una transacción de varios cientos de dólares, lo sacó de su indolencia. Con estudiado sarcasmo mencionó la cifra de dos mil dólares e indicó que ya estaba tomando su auto y que llegaría lo antes posible.

Eran las seis de la tarde.

La media hora que tardaría el chino Chang en llegar la tenía que aprovechar bien si aún esperaba tener éxito. Llamó a su mujer y le adelantó brevemente el problema en que andaba metido y le rogó que le trajera la chequera al término de la distancia.

A la seis y treinta se habían conjugado los tres actores de aquella escena. Chang abrió la doble cerradura de la puerta y enseguida les mostró aquel famoso jarrón de la dinastía Yung-Cheng con el azul bajo barniz al estilo “To-tsai”. Los lotos eran estilizados con centros de carácter Shou y su fecha de confección podía situarse en los inicios del siglo XVIII.

Peter Elliot tomó la chequera de las manos de Irene y cuando se disponía a hacer el cheque, el inefable Chang lo interrumpió con un ligero ademán de conformidad. Luego explicó que tenía por costumbre no aceptar cheques ni aún de sus familiares más allegados; había tenido muy malas experiencias que no deseaba repetir. Sin perder la paciencia que estaba a punto de agotarse, Elliot extrajo del bolsillo interior de su chaqueta una pequeña cartera de piel de cocodrilo donde guardaba sus tarjetas de crédito.

Sin mirar al chino le preguntó mortificado si le daba la del Diners o la Carte Blanche. Sin inmutarse el cantonés le respondió que él estaba cortado a la antigua y que no creía en esos sistemas de crédito sino en dinero constante y sonante. Elliot no podía ya ocultar en su cara una mezcla de disgusto e irritación. Pero luchaba contra un indolente y taciturno oriental que poco le podía afectar los denuestos o los insultos.

Así, pues, no le quedó más remedio a Peter Elliot que tratar de salvar la situación y negociar su última oportunidad: dos pendientes de zafiro, un solitario de brillante y dos piaget, que salieron a relucir como prenda en depósito hasta que Irene Elliot pudiera traer los dos mil dólares en efectivo el lunes en la mañana. Ante tales contundentes argumentos el chino capituló.

Ya con el tránsito más despejado, Elliot al volante de su Chrysler Imperial y con su fiel compañera al lado, negociaron bastante rápidamente la distancia que los separaba del Aeropuerto Internacional. Pero era mucho el tiempo que habían perdido y cuando llegaron con la esperanza de que el vuelo 031 de United Airlines se hubiera demorado, pudieron ver en la valla de anuncios de la compañía que ese avión ya había partido hacía 10 minutos.

Lo primero que hizo fue averiguar que escalas hacía el 031 antes de llegar a New York la mañana siguiente. Así supo que ese vuelo tenía que esperar una conexión transpacífica, proveniente de Tokio, en los Angeles.

En menos tiempo del que toman estas operaciones y esta vez pudiendo usar su tarjeta de crédito, la famosa Golden Card de American Express, pudo rentar un pequeño jet que lo transportaría a Los Angeles más o menos a la misma velocidad que el vuelo de United, que le precedía con apenas 20 minutos de ventaja. Allí viajaban dos importantes personajes, que por su orden eran: el jarrón azul de la dinastía Yung-Cheng y el orgulloso, y testarudo Gerente General de la Detroit Gear Works para Costa del Pacífico.

Cuando los dos hombres se encontraron finalmente en la sala de tránsito de la United en el abigarrado aeropuerto de Los Angeles, no fueron necesarias muchas palabras, pero en la mirada de ambos había una expresión de alivio.

Towsend no pudo disimular su impulso y tomó rápidamente en sus manos el jarrón, que por cierto había hecho todo el viaje sin protección ni envase alguno.

Ya sentados en la primera clase y cuando ambos saboreaban unos merecidos Martinis, que hacían disminuirlas tensiones y acercaban las distancias de personalidad de los interlocutores, Peter Elliot no pudo por más tiempo ocultar varias grandes interrogantes que lo tenían profundamente preocupado desde que había terminado la entrevista en la calle Mason.

Peter Elliot preguntó:

“¿Qué objeto tuvo este último e insólito ejercicio? ¿Qué tenía que hacer en este asunto ese chino?. La experiencia fue tan exasperante que estuve a punto de robarme el jarrón”.

Towsend respondió: “Vayamos poco a poco, porque todo en la vida tiene una explicación. Pero antes de seguir adelante debo manifestarle que su antecesor en las pruebas trató de robarse el famoso jarrón, rompiendo la vidriera con un ladrillo… con lo cual quedo descalificado pues no supo jugar honestamente las reglas del juego. Para no seguir perjudicando a mi amigo Chang, quien me suministra todas mis antigüedades, opté por contratar al policía que usted vio paseándose por el frente de la tienda”.

Un suspiro salió del pecho de Peter Elliot.

Y Towsend continuó. “Cuando todas las pruebas de capacidad, de inteligencia, de experiencia, están dadas; cuando los candidatos poseen todas las cualidades y el comportamiento adecuado de un empresario, sólo queda, a mi humilde juicio, un par de virtudes adicionales que hacen la diferencia: imaginación y perseverancia.

Y sólo agregó estas palabras, que no tuvieron comentario alguno:

–    “El Jarrón Azul es mío… el puesto es suyo”.

  Fuente: Ceate Diplomado de Desarrollo Gerencial

 Editado por Judith Aponte / Collellca

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